martes, 8 de junio de 2010

El uno por el otro…

La casa sin barrer. Cambia "barrer" por "cerrar" y entenderás por qué ayer, al volver a casa a la hora de la cena, mi cara era un poema y solté un chillidito en chiquitistaní. Sí, amigos. Ayer, los dos bandos se declararon la guerra mutuamente y decidieron dejar la puerta de mi casa abierta de par en par. Por aquello de poderse echar los perros el uno al otro al día siguiente.
Ayer no conté una cosa. Al salir de mi casa a eso de las ocho y media de la mañana, entró un verdadero desfile de hombres que trotaban a mi paso. Ocho, diez, doce… no sé. Me sentí como un capitán pasando revista. No mandé firmes porque llevaba prisa, pero debería haber hecho la prueba.
Fue un detalle que se me pasó (lo del símil militar), pero si hubiera estado más avispada, me habría dado cuenta de que mi casa estaba a punto de ser una reproducción a escala de la Guerra Civil española. Dos bandos irreconciliables que ayer, por fin, se posicionaron y entraron en combate. El desastre. Ya se sabe que cuando dos grupúsculos se ponen bravucones los que pagan los platos rotos son otros. El país. Mi casa. Teléfono (ah, no, esto no procede).
Ayer por la tarde, mi chico y yo éramos como dos panteras enjauladas dando vueltas por la casa mientras llamábamos a uno y otro bando para pedir explicaciones. Éramos el presidente de la II República, pongamos por caso. Evidentemente, unos echaban la culpa a los otros, que se defendían culpando a los primeros. Conclusión: no hay.
El caso es que ayer mi casa estuvo un par de horas con barra libre de lo que quieras (lejía y polvo sobre todo, para qué engañarnos, pero hay quien se apunta hasta al polvo con lejía) y, aunque esta mañana todo eran disculpas y cabezas gachas, mucho me temo que la guerra no ha acabado, y que lo que se libró ayer fue sólo la primera batalla.

lunes, 7 de junio de 2010

Pau: ni lo intentes

El fin de semana da energías renovadas para acometer la segunda semana de caos absoluto. Hoy me he despedido de mi casa con un albañil soplándome al oído, en plan portera cotilla: que sepas que los techos del aseo te van a quedar muy baaajoooos… Así, como intentando malmeter contra los chicos del aire a los que, por cierto, ya detestaba gratis. Me he marchado sin entrar en polémica. Sospecho que voy a tener motivos más importantes para discutir: me he guardado las ganas.
Así que he salido por la puerta sacando una importante conclusión: nunca podré invitar a Pau Gasol a cenar en casa, no sea que le dé un apretón y se nos lesione a la altura del cráneo. Terrible. Es como cuando a mi hermano le dijo el oculista, al descubrirle el daltonismo: no podrás ser piloto de aviones ni vendedor de telas. Estoy segura de que se le escapó un suspiro de alivio, porque él, querer, querer, lo que se dice querer, quería dedicarse a la música. Las corcheas, fusas, semifusas o redondas sólo serán, en principio, negras o blancas.
Pues eso: que mientras mi George Clooney (bajito, me temo) no se trastabille con la jamba, a mí, plim. He decidido no enfurruñarme con lo que no puede ser y además es imposible.

viernes, 4 de junio de 2010

Niñatos, aire y cía.

Necesito que acaben con el aire acondicionado o acabo yo con ellos, pero en plan expeditivo y rematando con un "hasta la vista, baby". Alguien me dijo hace muchos años que yo era Terminator y creo que esta vez estoy a punto de encarnar al personaje. Si es verdad eso que dicen de que la realidad supera a la ficción, aquí la ficción se va a quedar corta.
No es normal estar de los nervios cuatro días después de haber empezado una obra, ¿o sí? La paciencia no es una de mis virtudes, y eso que me desenvuelvo más o menos bien en el caos. Pero una cosa es el yeso y el desorden, y otra la impuntualidad y la desgana. Un día no vienen; otro, vienen un rato y por la tarde se van a un curso. Se suponía que iban a terminar el jueves y hoy, viernes, dos niños tienen a los albañiles bailando a su alrededor, pendientes de que les digan dónde perforar y sin poder avanzar en otros lugares. Y me temo que ni de coña se acaba la instalación hoy. Me jugaría un brazo y la mitad del otro.
Lo dicho: me pongo el disfraz de Chuache y me los cargo. Entre el escombro o bien emparedados, ahora que puedo, pasarían inadvertidos…

jueves, 3 de junio de 2010

Polvo eres…




En estos últimos tres días he aprendido más de tipos de polvo que si hubiera ido a un seminario de sexología. Lo hay de yeso, de cemento, de ladrillo. Hay polvo de todos los colores poblando mi casa (antes hogar, dulce hogar). Es como un festival de polvo. Pero no hay nada erótico en ello, a no ser que haya quien disfrute rebozándose entre escombros, que seguro que lo habrá.
Hemos empezado instalando aparatos de aire por toda la casa. Las rozas (perdón: rebolas, aquí se llaman rebolas) ocupan varios metros de pared. Podrían construirse encima autopistas. El polvo multicolor se amontona en cada estancia, en cada mueble, en cada libro. Lo quitas y entra más. Es como si el polvo llamara al polvo. Mi casa está llena de ácaros okupas que ofrecen resistencia al grito de "un desalojo, otra okupación". Por primera vez en mi vida (y espero que última), me siento como un antidisturbios. Pero con depresión.
En el fondo, escribo esto para liberar algo de adrenalina, ya que no puedo aliviarme dando patadas ni puñetazos en las paredes porque hay cinco tipos enormes en casa haciéndolo más fuerte que yo. Así que no aspiro ni a que lo lea alguien. Pero por si alguno entrara y leyera, os dejo muestras gráficas de lo que pretende ser un diario de una tortura lenta y dolorosa. Si dejo de postear, será que he muerto en el intento.
Espero poder contar alguna anécdota divertida, que es de lo que se trata. De momento, no hay nada más interesante que el polvo. Cuánto polvo. Y del malo.