En estos últimos tres días he aprendido más de tipos de polvo que si hubiera ido a un seminario de sexología. Lo hay de yeso, de cemento, de ladrillo. Hay polvo de todos los colores poblando mi casa (antes hogar, dulce hogar). Es como un festival de polvo. Pero no hay nada erótico en ello, a no ser que haya quien disfrute rebozándose entre escombros, que seguro que lo habrá.
Hemos empezado instalando aparatos de aire por toda la casa. Las rozas (perdón: rebolas, aquí se llaman rebolas) ocupan varios metros de pared. Podrían construirse encima autopistas. El polvo multicolor se amontona en cada estancia, en cada mueble, en cada libro. Lo quitas y entra más. Es como si el polvo llamara al polvo. Mi casa está llena de ácaros okupas que ofrecen resistencia al grito de "un desalojo, otra okupación". Por primera vez en mi vida (y espero que última), me siento como un antidisturbios. Pero con depresión.
En el fondo, escribo esto para liberar algo de adrenalina, ya que no puedo aliviarme dando patadas ni puñetazos en las paredes porque hay cinco tipos enormes en casa haciéndolo más fuerte que yo. Así que no aspiro ni a que lo lea alguien. Pero por si alguno entrara y leyera, os dejo muestras gráficas de lo que pretende ser un diario de una tortura lenta y dolorosa. Si dejo de postear, será que he muerto en el intento.
Espero poder contar alguna anécdota divertida, que es de lo que se trata. De momento, no hay nada más interesante que el polvo. Cuánto polvo. Y del malo.
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