La casa sin barrer. Cambia "barrer" por "cerrar" y entenderás por qué ayer, al volver a casa a la hora de la cena, mi cara era un poema y solté un chillidito en chiquitistaní. Sí, amigos. Ayer, los dos bandos se declararon la guerra mutuamente y decidieron dejar la puerta de mi casa abierta de par en par. Por aquello de poderse echar los perros el uno al otro al día siguiente.
Ayer no conté una cosa. Al salir de mi casa a eso de las ocho y media de la mañana, entró un verdadero desfile de hombres que trotaban a mi paso. Ocho, diez, doce… no sé. Me sentí como un capitán pasando revista. No mandé firmes porque llevaba prisa, pero debería haber hecho la prueba.
Fue un detalle que se me pasó (lo del símil militar), pero si hubiera estado más avispada, me habría dado cuenta de que mi casa estaba a punto de ser una reproducción a escala de la Guerra Civil española. Dos bandos irreconciliables que ayer, por fin, se posicionaron y entraron en combate. El desastre. Ya se sabe que cuando dos grupúsculos se ponen bravucones los que pagan los platos rotos son otros. El país. Mi casa. Teléfono (ah, no, esto no procede).
Ayer por la tarde, mi chico y yo éramos como dos panteras enjauladas dando vueltas por la casa mientras llamábamos a uno y otro bando para pedir explicaciones. Éramos el presidente de la II República, pongamos por caso. Evidentemente, unos echaban la culpa a los otros, que se defendían culpando a los primeros. Conclusión: no hay.
El caso es que ayer mi casa estuvo un par de horas con barra libre de lo que quieras (lejía y polvo sobre todo, para qué engañarnos, pero hay quien se apunta hasta al polvo con lejía) y, aunque esta mañana todo eran disculpas y cabezas gachas, mucho me temo que la guerra no ha acabado, y que lo que se libró ayer fue sólo la primera batalla.
martes, 8 de junio de 2010
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