El fin de semana da energías renovadas para acometer la segunda semana de caos absoluto. Hoy me he despedido de mi casa con un albañil soplándome al oído, en plan portera cotilla: que sepas que los techos del aseo te van a quedar muy baaajoooos… Así, como intentando malmeter contra los chicos del aire a los que, por cierto, ya detestaba gratis. Me he marchado sin entrar en polémica. Sospecho que voy a tener motivos más importantes para discutir: me he guardado las ganas.
Así que he salido por la puerta sacando una importante conclusión: nunca podré invitar a Pau Gasol a cenar en casa, no sea que le dé un apretón y se nos lesione a la altura del cráneo. Terrible. Es como cuando a mi hermano le dijo el oculista, al descubrirle el daltonismo: no podrás ser piloto de aviones ni vendedor de telas. Estoy segura de que se le escapó un suspiro de alivio, porque él, querer, querer, lo que se dice querer, quería dedicarse a la música. Las corcheas, fusas, semifusas o redondas sólo serán, en principio, negras o blancas.
Pues eso: que mientras mi George Clooney (bajito, me temo) no se trastabille con la jamba, a mí, plim. He decidido no enfurruñarme con lo que no puede ser y además es imposible.
lunes, 7 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario